Había una vez una nena con forma de mujer. La gente la veía en pasear por un borde fino, mirando hacia ambos costados para decidir de que lado se quedaba, en que lugar se sambullía primero.
Ella pensaba que tal vez el amor podía encontrarse lejos de las manos de él. Pensaba que por ahí una canción la alegraría más o que hacer gimnacia la podría cansar menos o que comerse un chocolate, tal vez, le daría más cosquillas en la panza.
Deseaba, sin la necesidad de dar explicaciones, ni lágrimas, ni súplicas, razones para quedarse del mismo lado que él. Tenía la esperanza de que sus manos tuvieran ganas de apretarla tan fuerte como para lastimarla y que, finalmente, permanezca junto a él. Pero también se da cuenta que están mojadas, resbaladizas y que sus brazos no llegan a estirarse tanto como para alcanzarla.
Entonces, hasta que no tenga una razón certera seguirá sentada en el borde, esperando mientras juega con sus pies blancos. Allí permanecerá comprendiendo si el amor es suficiente en ciertos casos o si, por ahí, del otro lado lo puede hayar en cosas que están más a su alcance. Ella va a esperar, aunque siempre con miedo de que un viento fuerte la obligue a caer del lado menos deseado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario